22 agosto 2014

#astenagusia14/ apabullante perera y un 'hechicero' de vuelta al ruedo

Mostrando 20140821_185634.jpgSalió el sol y Vista Alegre pegó un reventón con el cartel grande de la Semana Grande. Ponce, Juli y Perera con los garcigrandes y domingohernández. El casi casi lleno. Poco faltó. Cuatro huecos en la sombra y las coronillas de la galería. El tendido de sol, a parir. Ponce lo inventó, y volvió a rozar una vez más el triunfo esta feria, El Juli se estrenó en el ciclo entre aperreado y execesivo, sin acabar de redondear y Perera --ay, Perera-- simplemente estuvo apabullante. Insultante el temple, el sitio y la seguridad. No presentó una duda. Pluscuamperfecto salvo en los matices que diluyeron el triunfo rotundo, y cuando decimos rotundo es porque la tarde era de cuatro orejas y la sensación, de ser capaz de apoderarse de cualquier embestida que le apareciese por chiqueros.

Lo que apareció venía marcado con los hierros de Garcigrande (segundo y tercero) y Domingo Hernández. Una corrida de tres y tres, propia de figuras. Se vislumbraba que el conjunto no todo era selección del ganadero. Por hechuras, tipos y caras una mitad desentonaba, intentaba dar el pego y aparentar con carnes más rellenas y caras más discretas. Pero en fin, la corrida puntuó por dentro. De esperarla, de dejarla escurrir el bulto en el compromiso de la lidia, de ignorarla en el tercio de varas y ver por donde reflotaba la raza en el último tercio. A más hubo tres o cuatro toros. Era cosa de magos, ilusionistas y... ¡Hechiceros!

Hechicero fue vuelta al ruedo. Para la historia de la plaza de Bilbao. Castaño claro, chorreado. El tercero del día. Bien hecho. Con remate y bajo. Dudas de fuerza en los remos traseros. Un puyazo aparente, otro fingido, los cuartos traseros que le patinan. Surge ese tranco repentino en banderillas, el galope. Y Perera, seguro de su temple, confiado en la embestida, brindó. Se fue a los medios y armó la mundial en el comienzo, revolviéndose de toro a pie firme con los cambiados, las trincherillas o los de pecho. Ritmo en el galope de la embestida y pulso. Y así surgió el toreo en redondo. Perera, definitivamente, rey del temple, enganchando una embestida que se ceñía más y más conforme crecía la serie. Asentado el torero, y la casta brava que emergía de las profundides del toreo.

Perera vs. Hechicero, esto sí fue un mano a mano en pro de la Tauromaquia. Un mano a mano en cada tanda. A ver quién puede más. Y al tercer o cuarto muletazo se venía el toro pidiendo el carnet, recrecido en su bravura. Qué pulso. Cuántos vaivenes rematados por debajo de la pala del pitón y ligados por delante, por el mismo hocico. Y todo en los medios. Dos veces se quedó mirando al infinito de la querencia, pero siempre acabó volviendo. El de la Puebla del Prior había cuajado la faena que entablaba hilo directo con su mayo madrileño para completar la trilogía.

El público estaba con el torero y también con el toro. Perera le cambió los terrenos para matarlo. Error. Desechó el espacio donde había brotado y echado raíces todo. En esas, surgieron voces pidiendo el indulto. Las dudas, y al entrar a matar en terrenos que nunca quisó el toro, el acero hizo guardia. La vuelta al ruedo del toro fue un clamor. La de Perera fue de dientes apretados y mala leche.

 Pese a todo la cabeza se mantuvo en su sitio y al sexto, que anduvo también por el alambre de la falta de fuerzas, de la falta de raza, le administró su proverbial medicina y su muleta imantó aquelló en un espacio y fue levantando una faena en la que, ahora sí, indiscutiblemente, llevó la voz cantante. Más manejable el animal. Borrachera de corrientes circulares de las que, por ceñidas, saltaban chispas. No quedaba otra que enmendar lo anterior. Por eso vino el arrimón a poner la guinda. Perera se atornilló y cuando estuvo todo hecho se tiró a matar... y cayó un bajonazo. Matías González se mantuvo firme. Bilbao gozó del toreo, de un gran toro y de un torero en sazón como pocas veces, y además siguió siendo Bibao.

Pero claro, si a alguien le da por mentar el trofeo obtenido por El Juli y comparar la apabullante tarde de Perera, aquí algo no cuadra: la rotundidad del toreo. A El Juli le regalaron el trofeo del quinto, un ejemplar avacado, alto y suelto, que sin celo en los primeros tercios, acabó buscando por abajo las telas no sin esfuerzo e incluso arqueando el espinazo en la acción de embestir. El inicio de El Juli fue excelente. Mucho mando en sus doblones de inicio y prácticamente sin rectificar. Fue lo más templado y pausado de su labor, y pese a que el toro sacó cierta calidad, no se redondeó ninguna serie y del rosario de pases, muletazos buenos salieron contados por ambas manos. La estocada de efecto fulminante desató la petición que Matías atendió a la mínima.

Equivocó el fondo del segundo, un castaño veleto y cornipaso, al que Julián López quisó meter con celeridad en la muleta, sin abrile caminos, poniéndose de primeras en redondo en clara apuesta ante la que el toro se afligió rápido. En la primera tanda perdió las manos hasta tres veces.

Ponce fue a favor de las virtudes que presentó su lote. La movilidad de su primero la administró con tiempos y despaciosidad. Apretó cuando la faena lo necesitó y ligó al natural una embestida de la que había que tirar sin brusquedades. Al contrario, naturalidad y temple. Ponce revistió su labor, llenó los espacios y el toreo lo hizo evidente, mostrándolo y señalando las virtudes escasas de un animal que en el arrastre llegó a ser ovacionado. Mérito poncista.

Sin duda este Enrique Ponce es incansable y pocos gestos le valen para acabar cuajando un toro o al menos intentarlo. Del cuarto le pareció suficiente que se fuera a los vuelos de las telas cuando la manejaba él mismo. En cambio a Jocho se le metió por adentro. Qué cosas. Ponce lo brindó, buscó las salidas, pero su ritmo cansino, la forma de soltar la cara y la falta de raza acabaron con su feria.