22 septiembre 2013

#bousalgemesí / un 'lapicero' entre cebadas de casta

Plaça de Bous d'Algemesí, 22 de septiembre de 2013. Segunda de la Setmana de Bous d'Algemesí. Novillos de Cebada Gago bajos de presentación, salvo el complicado tercero con mucho cuajo, encastados y bravos. Sobre todo el primero, 'Lapicero'. Francisco Damas (silencio en ambos) y Vicente Soler (silencio y una oreja). Casi lleno. [VÍDEO Y GALERÍA]

La novillada de Cebada Gago venía cargada por dentro. De casta. Personalidad. Animalidad. Otros le llaman raza. Y su expresión entre las cuatro paredes y en la arena Algemesí fue de bravura. Dicho y hecho. El primero marcó la corrida. Encastado, repetidor, de constante entrega. De salida demostró su carácter alcanzando las telas cuando parecía que su embestida ya había sido vaciada. Ese tranco y, sobre todo, ese final en su viaje era la traducción del poder y codicia que atesoraba.

Se llamaba 'Lapicero', de trapío muy liviano. Negro y astifino. Con cuello y viva mirada. Se llevó dos varas. Va para novillo de la Setmana de Bous d'Algemesí, que un día más volvió a llenar sus cadafals.

El problema de 'Lapicero' fue que enfrente se encontró con un Francisco Damas quien, más allá de una sincera voluntad, demostró todas sus carencias, las normales del que torea esta temporada por primera vez y hacía una año que no enfundaba el chispeante. El trasteo estuvo falto de poso y reposo. Damas quería, pero se estrellaba ante la cruda realidad y un novillo encastado, bravo, que pedía los papeles y no necesitaba abrir la boca para alentar. Predominó la defensa, siempre por la mano diestra, sobre el temple necesario para un novillo como 'Lapicero', bravo y encastado, que exigió manos y corazones con experiencia. Damas cobró la estocada casi entera de primeras, ahí estuvo hábil.

Lo placeado que está Vicente Soler marcó la diferencia. Curtido en una temporada en la que no se le han permitido muchas exigencias en lo que respecta a la elección de plazas y ganaderías, su respuesta al lote de Cebada fue siempre desde la disposición y la clarividencia. Ahí se notó lo que curten varias excursiones por el sur de Francia.

Sus formas muy de cara a la galería también encajaron a la perfección en Algemesí, y si no abrió la puerta grande fue por el fallo a espadas con su primero. También liviano de trapío, muy escurrido de atrás, negro y tirando a a abrochadito. La casta se resolvió en una manejable nobleza, más aún porque no estuvo sobrado de fuerzas. Vicente Soler no perdonó la mínima ocasión desde que entró en quites por chicuelinas al primero de la tarde, llenó la plaza desde el mismo inicio saludando por faroles de rodillas al suyo, lo galleó vistoso, lo quitó y lo banderilleó con soltura cuarteando y al quiebro. El inicio fue de rodillas, lo que siguió tuvo temple y asiento, pero en el fondo trató de enganchar a los tendidos. Al natural quedó lo más destacado. Lo peor al fallar repetidamente con los aceros.

Primero y segundo serían al final lo mejor de la novillada de Cebada Gago, que en tercer lugar echó un novillo burraquito con un trapío que desentonaba por arriba del resto del lote. Mucho cuajo, remate, casta y poder. En el tercio de varas llevó el mando siempre buscando el peto, apretando en los primeros encuentros: tres varas y la pedrea se llevó. De casta y poderes muy complicados, de formas muy áperas. Sin ninguna entrega, Damas se estrelló ante las complicaciones. Se dobló y mató, otra vez, con habilidad. Su rostro era la amargura del toreo. Hacía un año salía echo un Cristo de Algemesí, pero por la puerta grande. Un año después, y sin torear en público en todo ese tiempo, una de Cebada dibujaba la realidad...

... Mientras, Algemesí vivía su particular fiesta: los más pequeños exigían al resto de la plaza una ola que surcó los cadafales tres o cuatro veces. Era el contraste, así en crudo.

Soler tiró de ofició y se la jugó también en su segundo turno. El cuarto de la tarde volvía al trapío escaso, pero casta y pies no le faltaban. De pelearse con él o imprimir mucho mando. Novillo reponedor, siempre volviendo presto tras sus pasos cuando ganaba la acción, metiéndose por dentro, apretando, buscando los tobillos y las tripas. Varias veces se libró Soler por estar muy metido en faena, con los cinco sentidos puestos en una faena que fue de pelea y escaso mando. Pero sí, cerró esta vez de estocada, algo trasera, pero suficiente.

Para Soler fue la única oreja de la tarde a una novillada de Cebada Gago encastada y brava que, por pedir, pudo estar mucho mejor presentada.