26 julio 2013

feria de julio 2013/ sebastián castella pone el toreo; fandi y luque, la vulgaridad

Tercera de la Feria de Julio. Plaza de toros de València, 25 de julio de 2013. Toros de Núñez del Cuvillo de baja presencia. Predominó la mansedumbre con un fondo de casta que dio opciones a todos salvo el cuarto. La nobleza del primero o la casta del tercero destacaron. El Fandi (ovación y silencio), Sebastián Castella (oreja en ambos y salida por la puerta grande) y Daniel Luque (silencio y silencio). Al finalizar el paseíllo se guardó un minuto de silencio en memoria de las víctimas del accidente de tren de Galicia. Media entrada (algo más de 5.000 espectadores).


 Sebastián Castella marcó las diferencias en medio de una corrida de Núñez del Cuvillo que por fuera dejó mucho por desear, pero que por dentró deparó enormes posibilidades. Esas diferencias, que no son otras que las propias del toreo, la torería y la naturalidad, le llevaron a Castella a abrir la puerta grande de València tras limar con su muleta a dos del Cuvillo diferentes desde la raíz propia de la masedumbre, pero con la capacidad de entregarse.

Ahí tuvo su máxima virtud la corrida de Núñez del Cuvillo. Muy rasposa de hechuras, escurridita, sin remate ni cuajo. Trapío bajo mínimos y unas caras muy dispares. Ninguna ofensiva. Muy estrechita, alguno avacado incluso. Un saldo que salió bueno de verdad. De seis, cinco pusieron el triunfo al alcance del torero capaz de ir más allá. Y allá que se fue Sebastián Castella. Mientras que El Fandi y Daniel Luque ofrecieron la más absoluta y desesperante vulgaridad ante las buenas embestidas que maltrataron, y fueron unas cuantas.

En la comparación, la actitud y clarividencia de Castella resaltó todavía más como dueño y señor de la tarde, prestidigitador de unas embestidas que siempre tuvieron algo más. A destacar la suavidad y naturalidad con la que el francés lo hizo todo. Su faena al primero fue un prodigio técnico. Venía el cuvillo manseando, sin excesivo compromiso ni afán por tomar las telas, sin decir nada, muy a la suya. Pero Castella hizo el poste y con un puñado de estatuarios inmóvil la planta, puso emoción y al mismo tiempo medio convenció a ir y volver al animal.

Solo faltaba romperlo por abajo, hacerlo humillar y la primera serie en redondo así fue del todo contundentes. Al segundo muletazo le ganó el paso, al tercero hundía la mano y arrastraba la tela por debajo del hocico. De repente el cuvillo hacía lo que todavía no había hecho: humillar. En la primera serie ya hubo tanto como para quebrar la voluntad del toro, escarbar en su casta y romperlo adelante. En la segunda, al tercer derechazo redondo y mandón, soltó el hachazo a la barriga como respuesta al mando. La casta respondía por ambas partes.

Al rematar una serie más a derechas, le soltó la zurda tras el de pecho y el cuvillo se abrió, se templó solo tras el vuelo. Y por ahí llegaría la cadencia, la embestida humillada, la suavidad de las telas en dos series por natulares tal cual. Sin forzar, sujetando la mansedumbre, para al final trazar tirabuzones con la embestida ya entregada, convencida, tras una faena en la que casi todo tuvo un sentido. Solo el borrón del espadazo caído puso el pero. Pero para el premio conseguido de la oreja sobraron los motivos.

 La vulgar mansedumbre del quinto no invitaba a grandes ilusiones. Pero entre la indiferencia generalizada Castella tomó los medios, se dejó venir al toro --así, altón, enseñando las puntas, feo-- lo pasó por detrás, cuajó un inició marca de la casa templado como pocos y ya así convenció al animal a tomar inercia. Lo hecho en redondo fue un paréntesis con el toreo al natural que prosiguió. Leve el toque, casi imperceptible de tan sutil, enganchado a la altura, esos tiempos, y la profundidad otra vez. Se rompía la plaza en los olés al toreo natural. Luego dio el paso, se apretó entre los pitones, aguantó los parones a la altura de la bragueta, se desplantó cuando sabía que había cuajado una gran tarde toros, y se fue tras espada en lo fue un estocadón del que salió sin puntilla el cuvillo. Cayó la oreja y se fue por la puerta grande.

Castella puso el toreo. Lo demás fue vulgaridad. Inmoral fue la tunda pegapasista con la que El Fandi molió al guapo colorado primero, precioso, fino de cabos, pero no para una plaza de primera. Desde el principio la lidia instrumentada fue pésima, los puyazos traserísimos y las ganas de torear con gusto o, cuanto menos, conforme a los cánones fue nula. Ver ese pitón derecho planear, ver el hocico pringado de arena y ver que ni un muletazo conforme se le dio y prevalecieron los trapazos obligaba a terapia de grupo. Ya digo, inmoral.

Y si no lo hizo con el guapo y bueno, con el manso, agrio y guasón cuarto mucho menos. Arreando de manso, Fandi no tuvo recursos, abrevió y lo cazó a toro arrancado.

Daniel Luque se encargó de devolver el triunfo de Fallas, que era lo que justificaba su presencia en julio, con una tarde de apatía  insoportable. Incómodo toda la tarde. Muy brusco desde que recibió al tercero. Una raspa, pero encastado y con una pizca de genio. Luque tampoco tuvo encendidas las bombillas. Lo recibió a pies juntos, atosigando y por poco le cuesta un porrazo serio. Ganó la casta del toro ya de inicio y volvió a juntar las zapatillas al comenzar con la muleta. La leña que le dieron desde el caballo no le rebajó el impetú. Faena repleta de tirones y la falta de reunión con el toro que embistió siempre mejor de lo que quisieron llevarlo.

La apatía fue a más en el sexto. El intento de quite por chicuelinas convertido en una colección de trallazos revelaron las ganas de ducha de Luque. Muy espeso, de verdad nunca se puso.

Y al final Castella iba por la puerta grande. La tarde de toros que había ofrecido bien lo merecía.