23 mayo 2014

#sanisidro14/ el histerismo vs. la torería dispuesta

Foto :: Juan Pelegrín - Las Ventas
La tarde quedó sentenciada al cuarto bis. Cuando unas voces soltaron a coro el ya clásico "puuum, petardo". Hasta entonces la tarde había nadado entre el histerismo generalizado y la dispuesta torería. El histerismo de la masa es lo peor del morantismo. Es tan perjudicial y contagioso, que hasta a los del Plus les da por cambiar de narrador en un día tan así, y claro, se ponen ellos histéricos también. Y es que hoy estaba anunciado Morante de la Puebla y con él llegaron ordas de público histérico que lo mismo berraban por dos trincherazos (lo único bueno del de La Puebla del Río en toda la tarde), que gritaban como si estuviesen viendo 'Psicosis' por primera vez cuando sucedía algo totalmente habitual en Las Ventas: que un toro se vaya suelto al caballo que guarda la puerta y que el tercero de turno tenga que salir con pies y alguna apretura al quite para que la lidia no pierda su orden y allí el mando lo lleven los de luces. Eso un día sin Morante no pasa o pasa menos y no se escucha ese estallido desorbitado de pánico. Porque ya digo, es normal: en Las Ventas el patio de caballos está pegado a la puerta de chiqueros, y los picadores para llegar a su lugar traginan por allí, y Las Ventas tiene mucho ruedo, con lo que se dificulta sujetar a los animales y más cuando por su querencia pasan los montados. Así que no era para gritar así. Pero claro, el histerismo estaba en el ADN de la tarde. ¿Pero y si era el día de Morante?

Pues no, no fue. El histerismo se desinfló a partir del "pum, petardo" en las postrimerías del cuarto bis y cayó derrotado definitivamente con el quinto sin más excusa que lo alimentase. Y solo la torería dispuesta y preclara de Alejandro Talavante dio motivo a paladear del toreo hasta el mismo tuétano. Que ya es.

Gran faena de un Talavante preñado de torería. Fue al tercero y desde el mismo instante en que se abrió de capa. Ahí ya impuso el mando, ganando terreno. El Montalvo de Talavante hacía el avión. Cierto. Pero Talavante le dio ventajas. Buscó los terrenos que eligió el manso, atornilló las zapatillas, venció al viento y llenó la plaza de torería. En una tarde así, Talavante pareció el más clásico de los toreros. Faena de enorme disposición, firmeza, valor y cimentada por esa renovada y pulida zurda, muy templada y sutil en los remates. Torería descarada. Se enfrontilaba Talavante, a pies juntos, cual pepe-luis del siglo XXI, y derramaba el toreo al natural. Una tanda reunida, mayestática, encajada y ligada en rima perfecta con hasta seis o siete naturales en la cumbre. Borrachera. Los remates por abajo. Esas trincherillas, el toro yéndose tras su mansedumbre, embistiendo con casta brava, planeando tras los vuelos. Talavante encontró toro donde nadie más. Cuajó faena de clásico concepto y eterna belleza en tarde de un histerismo que no iba con él. Perdió los trofeos al precipitarse con la espada. ¿Quería matar a volapie o recibiendo? El caso es que se le arrancó el toro, él perdió una décima de segundo y a toro arrancado y sin apenas tiempo para arrancar él, metió el acero de forma defectuosa. Ovación a una faena a la que poco le faltó para pesar oreja y pico.

Finito de Córdoba y Morante de la Puebla apenas se salieron de las dos rayas en los primeros toros de sus lotes. Es que... Pense que... Como decían un viejo profesor: excusas. La del viento, claro. Precauciones y probaturas. Así quedaron inéditas las mejores embestidas de aquellos. Bendito el primero de El Fino. Para no andar con tirones el segundo. Al final, nada.  Bueno, dos trincherazos que para muchos serían suficiente.


A partir del cuarto se torció todo definitivamente. Al Montalvo impropio para Madrid por falta de trapío, le vino a sustituir un regordío colorado de Cuvillo con cara de niño sin casta y mucha carne. Nada. El quinto, cinqueño, salió corraleado, sin pasar, acorralando a Morante contra las tablas. Le duró lo duró. Con la espada, sainete para bronca. Y el sexto, con el que se desmonteró Trujillo y al Talavante trató de romper siempre adelante, no arregló nada. Al final, tremebundo resultado en tarde de un histerismo colectivo que acabó por irse anestesiado.

Menos mal que la torería dispuesta y clarividente de Alejandro Talavante puso a la tarde el toreo según es.