23 mayo 2014

#sanisidro14/ miguel ángel perera se construye un castillo

Foto :: Juan Pelegrín - Las Ventas
Miguel Ángel Perera se construyó un castillo enorme a la vera de la M-30. Imponente. A kilómetros de Las Ventas, donde se puso manos a la obra, cuando caía el día y se iba por la Puerta Grande, se veía esplendoroso al contraluz. Lo levantó en una sola tarde, ladrillo a ladrillo, muletazo a muletazo, rebosando temple desde los mismos cimientos, a lo grande. De tal envergadura el trazo, que no cabía pero alguno. Las líneas redondeadas y ceñidas. Ni una grieta por la que se pudiera resquebrajar nada. Cuando la bravura del guapo y excelente, bajo, apretado y achatado toro de Victoriano del Río vino a aguarse, la obra ya lucía esplendorosa.

Me contó una vez Paco Aguado, andando por la explanada de Las Ventas, contemplando semejante mamotreto un día de toros: "hicieron un casting de obreros, los mejores obreros de toda España poniendo ladrillos, uno encima de otro, vinieron a Madrid para construir Las Ventas, que para la época fue todo un reto de ingeniería". Y seguíamos mirando esa perfección geométrica que conforma el mayor templo del toreo. Como esta tarde se admiró la obra de Perera, ese castillo sobre las embestidas de 'Bravucón II', que en la primera tanda se fraguó a la muleta y las imperfecciones del terreno, de la casta, ese violencia, quedó asimilada al rojo trapo que fue perfecta herramienta al servicio de la ingeniería.

No hubo una prisa ni hizo falta el mínimo derroche de artificios. Los estatuarios a pie firme donde las rayas de picar, la suavidad de Perera. Los planos claros, las soluciones en la cintura, las muñecas y en un cabeza que no se atascó como varias veces esta temporada. Los tiempos a favor de obra. Y qué bella obra. Desde el quite capotero, chicuelinas, recortando por abajo con gusto, temple e imaginación. La faena de muleta fue pasión. A partir de esa primera tanda tan profunda y mandona, siguió pura emoción creadora inspirada. Brotó tranquilo el toreo de mano baja, limpio, largo y lento. En rodondo y al natural, con naturalidad. Sin retorcerse en imposibles. El toreo explicado en una faena que sirvió para levantar allí mismo un castillo. Ligazón, remate y gusto de Perera que se erigió en creador absoluto. El pecho henchido. Las dos orejas como reconocimiento. Y otra más en una faena ya para romper el molde. De menos raza en el zancudo y grandón sexto. La nobleza no llegó más allá. Ejercicio de dibujo, la seguridad plena de Perera en las cercanías. Pero la raza aquella no daba para cimentar nada. El castillo Miguel Ángel Perera ya se lo había construído y para celebrarlo le dieron una paliza tremenda e indignante en lo que debería ser una salida triunfal por la Puerta Grande de Madrid. Imbéciles hay en todas partes y en la explanada de Las Ventas los días de triunfo se ve que hacen reunión.

De la corrida de Victoriano del Río valieron dos toros. Segundo y tercero. La apuesta ganadera de ir dos tardes a San Isidro no se acabó de completar.

El Juli se estrelló con un rajado sobrero de Zalduendo al que no le impuso capacidad lidiadora alguna cuando cantó la gallina. Y cuarto, un violento y áspero toro de Victoriano del Río lo trató con más violencias, tirones y acelerados trallazos. De bruto a bruto no hubo acuerdo. Tenso estuvo Julián López en su regreso a Las Ventas tras dos años de ausencia, y eso que el repetable lo respetó.

Manzanares no se rompió con el noble y pastueño segundo. Un toro de Victoriano del Río de escaso trapío para Madrid, pero que se fue arriba y ofreció más que buenas embestidas con temple y viaje. La cátedra sacó la lupa, midió el ajuste y Manzanares pese al examen, no se rompió como merecía la embestida. Ovación. Al quinto lo trató con la brevedad que mereció su escasa raza. Se paró y no dio opción.