03 junio 2014

#sanisidro14/ perera de puerta grande; su toreo, despertador de la casta

Fotos :: Juan Pelegrín - Las Ventas
La corrida de Adolfo Martín salió y se lidió dormida. Sin romper pese a la entrega que pusieron Ferrera, Urdiales y Perera. Hubo que esperar hasta el final para que un gris se diese por aludido. El toreo a modo de despertador, y por fin: 'Revoltoso' rompió por los vuelos a izquierdas de una muleta que manejada por Perera ligó las embestidas en un palmo. La casta dormida amaneció cuando se echaba la tarde y el temple encumbró muletazos con todo el toreo a cuestas: el parar, templar y mandar, con la importancia multiplicada por aquello de hacérselo a uno de Adolfo Martín.

Miguel Ángel Perera aportaba a priori el morbo a un cartel capaz de alcanzar el toreo por caminos de interpretación tan diversos como auténticos. La diferencia es que Ferrera y Urdiales ya estaban curtidos a miradas y embestidas de Albaserradas, y para el de la Puebla de Prior era su primera corrida del hierro de la V. Pero el morbo pronto se tranfiguró en respeto imponente y acabó convertido en rendida admiración cuando Miguel Ángel Perera era sacado por segunda vez por la Puerta Grande en este San Isidro y solo con once días de diferencia.

Que los tres pisaron terrenos de enorme compromiso y pusieron las telas donde un toro va y embiste --si quiere, claro-- y los muslos y las tripas corren los riesgos evidentes. Ahí, al morro. El toque, la suavidad. Y nones. Ferrera ejecutó la máxima orteguiana en su primero: "torear es llevar al toro por donde no quiere"; tragó y tiró de una embestida a regañadientes. Mientras que al otro le puso gusto y adornó con detalles una embestida a menos, sin finales, saliendo dormida o pensando en las musarañas. Urdiales se puso con verdad y torería, sin una exageración ni media. Ojo cuando un tío demuestra esa apostura frente a la incertidumbre del toro que no rompe, y pese a todo el hombre quiere ponerlo todo. El pecho por delante, ni media mueca o exageración. Ojo. Blando ese segundo y de poco fondo, Urdiales tuvo que esperar al quinto. A ése le pegó cinco o seis de autentica locura. Metido el toreo en sí mismo, vertical, el trazo limpio y sobre todo lleno de sentimiento. Lo mata y le piden la oreja de un toro que no llegó a despertar. Si llega a medio abrir un ojo, y repite la embestida diez veces... ¡a saber! Pero el toreo salió desgarrado solo de uno en uno.



La paciencia fue al final el gran secreto en el trato a la corrida. Se derrochó paciencia a ver que embestida acaba despertando. Por ahí demandó respeto un Perera que sin bien no ordenó las embestidas con la capa, ya en su primer adolfo demostró una demoledora fe en su muleta, la propia de un torero en estado de gracia. Llegando con aplomo a los terrenos que permitió su primero para no acabar de entregarse. El toreo ahí surgió robado. Pero al sexto le saltó la casta, la humillación al fin, la embestida que se recrece, se ciñe y se estira tras la tela. Con la diestra, de tragar. El toro llegaba mucho a las telas. El remate no se acaba de afinar. Una serie maciza en redondo y lo que vino...

Sucedió por la zurda. Embestía un cárdeno de Adolfo Martín con lo que ello implica, el público lo palpaba. Arrolló los primeros naturales, y de prontó dos: el temple milimétrico y exigente, difícil del lograr y la muleta por debajo de la pala, los vuelos por debajo del hocico humillado. El peso del toreo: parar, templar y mandar. Repetía con pies, la embestida buscaba el eje, la cintura de Perera, pero la muleta salvaba aquello. De nuevo el temple, la limpieza y verdad del muletazo cargado de toreo. Cargado de toreo a un cárdeno de Albaserrada. Perera era por entonces un gigante. La estocada y las dos orejas. Las Ventas se entregó a Miguel Ángel Perera y la Puerta Grande de Madrid se le abrió de par en par otra vez. ¡Qué San Isidro ha cuajado el tío!