18 septiembre 2014

#feriadealbacete/ triunfa la ambición; el escaso toreo se queda sin premio gordo ni toro


Empezaré contando la envidia. La envidia que me da ver una plaza de bote en bote que revienta de pura ilusión, pese a que el cielo amenace con chaparrón. La envidia que me da una plaza que es fiel reflejo de su feria, de la fiesta en la calle. Envidia porque el concepto feria en toda su dimensión lo enarbola la ciudad de Albacete como ninguna otra. Como València vibraba el día de Sant Josep a todo o nada sin dejar espacio a un alfiler.

El segundo de la tarde, sin trapío.
Así, en este cierre de la Feria de Albacete, la plaza estallaba. Las colas para entrar, las apreturas, el roce y el cariño. La bota y el puro. El cartel de la feria, el día grande, el pálpito de que en ese momento todos están donde desean estar y saben de todas todas lo que quieren que suceda. Quieren brincar, emocionarse y ver, en definitiva a los toreros triunfar. Y que los toros... ¿He dicho toros, no? Sí. Y ver los toros embestir. Pero por ahí a la tarde de tremendas ilusiones le metieron un sablazo y de Daniel Ruiz se coló una corrida tercida y que rebajó escandalosamente el buen nivel de esta plaza. Una pena. Qué poco hubiera costado ese pequeño esfuerzo. Aunque también, por cierto, qué difícil mantener el nivel demostrado por esta ganadería justo hace un año.

Los danielruiz entre terciados y faltos de poderes, no digo ya raza, rebajaron la intensidad de una tarde en la que los tres espadas parecían dispuestos a batirse el cobre, a encampanarse en cuanto tuvieron ocasión para erigirse protagonistas y soltar dentelladas a la mínima oportunidad. Pero evidentemente les faltó toro. Y en ese fragor de tan incómoda tarde --por aquello de la lluvia, los chubasqueros y tanto paragüas--, como apasionada y triunfalista, el público empujó siempre a favor de obra salvo cuando era evidente que se la metían doblada: ese impresentable y abecerrado segundo que no permitieron que lo brindara Sebastián Castella desde el centro del ruedo.

Y a falta de toro, pongan la ración de menos de toreo. Evidente.

Un triunfo que fue un clamor, el de Julián López 'El Juli'. De ambición absoluta y faena de clara actitud y objetivo orejista la que le ventiló al cuarto. Vendiendo muy bien el pescado. De mano baja y líneas rectas, soltadas con largura, mejor templadas al natural. Pero sin llegar a desatar la locura hasta la traca final con la planta totalmente atornillada. Arrimón de órdago que vino a hacer olvidar la escasez de toreo fundamental. Apretado el torero. Cintura rota, las circunferencias, el aguante, el gesto desafiante, el toro ya aplomado, el abandono de los trastos y el espadazo propio. Dos orejas. Un clamor la plaza de Albacete. Uno de sus ídolos actuales (con permiso de Perera) ya tenía abierta la puerta grande. Con el brusco primero no anduvo fino Julián.


La mayores dosis de toreo de la tarde quedaron sin premio. Y llevaron el sello de Sebastián Castella y Miguel Ángel Perera. En el último turno el extremeño Perera gozó de las mejores embestidas de la corrida, y ya fueron a remojo. El tal Visitante tuvo muchas virtudes. Embistió con un temple especial, con el hocico abajo, girando la cabeza como a cámara lenta. Más que un toro, parecía un carretón o el amigo embistiendo. El toreo surgió ralentizado de las telas de Perera, que ya vació la escena para hacer un quite del que destacaron dos cordobinas. El inicio de rodillas y en redondo bajo la lluvia fue el gran momento de la tarde. La traducción de esa comunión de entrega de público y torero. A partir de ahí Perera con la muleta y sobre ambas manos embebió tanta dulzura con tremeda profundidad y la ligazón absoluta y casi imperceptible. El toro, quizá el más apretado y cuajado, además, mostró fijeza y acudió con prontitud. Pero el fondo escaseó ante tan profunda embestida y afloró la mansedumbre y se quiso rajar. Se rajó, vamos. La faena no matuvo el nivel argumental del toreo caro. El público hizo el resto. Pero Perera estuvo sin espada. Pinchazo y fea casi entera dejaron el premio en una muy generosa oreja. 

Con su primero Perera no se templó. La faena estuvo plagada de enganchones. Poco limpieza y escaso acuerdo en las distancias. El público albaceteño se lo perdonó todo, incluso que estuviese por debajo de la embestida a media altura de un animal que acabó resolviendo por en el encimismo. No deja un metisaca y Albacete premia a su consentido.

Que Sebastián Castella jugaba fuera de casa se notaba. Feudo julista y pererista es Albacete. Además jugó el francés con las piezas de peor encaje. Su primero por forma y el quinto por fondo. Con lo contento y feliz que estaba el personal, fue aparecer el segundo de la tarde y sentir como se la metían doblada con toro de de hechuras abecerradas que rebajó todo cuanto se le hizo. Pese a ser, como se dice, un digno colaborador y tener un pellizco de casta y tal, el conjunto de adoleció de falta de verdad. Pero pese a todo, Sebastián Castella ofreció pasajes templado y sedoso toreo. Pero antes tuvo que pulir las protestas hacia al toro. Pidió cancha para un quite de frente y por detrás bien ligado en los medios y cuando parecía que ya nadie se acordaba de la falta de trapío del bicho, le abroncaron cuando pretendió brindar la muerte de semajante toro. Vuelve luego, chato. Y orgulloso se fue a torear encajado, cargando la suerte y cimbreando la cintura sin exgeraciones. Buscando con los vuelos, al natural, traerse enganchada la noble embestida por el hocico. Un serie al natural de nota. El fondo del animal en la reserva no dio para mucho más, la suficiencia de Castella fue demasiado evidente y el premio de la oreja no se pudo completar con el desrazado y negado quinto ante el que se estrelló el francés.