18 noviembre 2014

pónganse a trabajar (by paco aguado)

Vía :: Al Toro México |


Ayer lunes, exactamente a la misma hora en que el líder socialista español Pedro Sánchez recibía a una comisión de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, una docena de jovencitos nerviosos y liderados por una histérica veterana intentaba reventar la inauguración de la decimotercera edición del curso de periodismo taurino de la Universidad Complutense de Madrid.

Apenas a dos kilómetros de distancia, mientras que en la calle Ferraz un aspirante a presidente de gobierno les hacía una faena de aliño y sin compromiso a los ganaderos, un pacífico acto académico era boicoteado impunemente por un puñado de niñatos en nombre de esa nueva religión urbanita y fundamentalista que se basa no en el animalismo sino en la zoolatría, o quién sabe si en la zoofilia.

Así están las cosas en estos tiempos negros para la tauromaquia, en los que hay que pedir audiencia a un político para que perdone la vida a quienes simplemente ejercen su derecho a presenciar y a crear en pleno siglo XXI un culto rito milenario, pero que por eso mismo son agredidos de palabra y obra por los terroristas de esta nueva moral tan alejada de la realidad como del humanismo.

La escena vivida en el Salón de Grados de la Complutense, contra la libertad de expresión y contra las palabras de uno de los mayores talentos que ha dado el reciente cine español, como es Agustín Díaz Yanes, nos recordó a los más metidos en años vivencias no tan lejanas, imágenes de los tiempos duros de la entonces recién recuperada democracia.

La actitud, los gritos, los gestos airados, la agresividad de los rostros, la inquina de las miradas, eran las mismas que tenían aquellos cadetes de la ultraderecha que irrumpían en las incautas asambleas estudiantiles de finales de los años setenta con puños de hierro y pistolas en mano.

Si aquellos llevaban "loden", el típico abrigo austriaco de pelo verde que ocultaba las camisas azules recién sacadas del armario de papá, estos de ayer vestían uniformes de "progre", con disfraces desaliñados de jóvenes “concienciados”. Sin pistola, pero con el mismo odio no meditado, con idéntica furia parafascista contra los señalados por los líderes de la secta.

Pero no pasó más. Los "valientes" activistas vocearon las cuatro simplonas consignas de rigor –como también las usaban aquellos cachorros de Fuerza Nueva– y se fueron ilesos tan contentos y ufanos a tomarse unas cañitas. Casi con la misma "satisfacción" con que un ratito después salieron de la sede del PSOE los cinco ganaderos a los que Pedro Sánchez les dijo que su partido respetaba la tauromaquia y el derecho de la gente a asistir a las plazas.

¡Faltaría más!, señor Sánchez, que ni siquiera eso se nos reconociera. Pero si es verdad que la comisión salió contenta de una cita de puro trámite, en la que ni siquiera les dejaron hacerse una foto con el anfitrión, con qué poco nos conformamos los taurinos de ahora: apenas con la perogrullada de un joven político que nos pega pases por alto, igual que el torero medroso pasa sobre los pies la embestida molesta de un sobrero inoportuno y desagradable.

A todo esto, las fuerzas vivas del toreo, empresarios y toreros, andan estos días perdiendo el tiempo cruzándose patéticos y apocalípticos comunicados con veladas acusaciones de “y tú más” acerca de la crisis, y pidiendo sin ganas ni verdadera convicción la unidad de los estamentos del toro en un último reconocimiento a su dilatada incapacidad para afrontar la dura realidad.

Pero déjense de lloros y de reuniones de plañideras. Aparquen de una vez su abulia de empresarios abotargados, sus conciliábulos y sus falsas alianzas más propias de meapilas que de figuras del toreo. Sequen sus lágrimas de cocodrilos que devoran los últimos restos del cadáver y no se vistan como para un baile de señoritas de sociedad cuando acudan a una manifestación en defensa de su dignidad.

Porque, puestos a repetir tópicos, toca ya arremangarse, ponerse el mono de trabajo, mojarse el culo, partirse la cara y defender con uñas y dientes  este patrimonio colectivo e internacional que tanto les ha dado y que se han dejado ir.

Ya casi desde las catacumbas de esta sociedad de lo virtual y del inhumano buenismo que nos señala como apestados, nos toca salir a la luz sin complejos a divulgar nuestra verdad, a defender nuestra sincera moral, a hacernos respetar frente al paganismo que convierte en dioses a los perritos meones que ensucian ciudades y ocupan en las casas y los corazones el lugar que antes tuvieron los hijos.

Si solo saben torear, criar y dar toros de tan bizarras maneras en desuso, y no todos bien, miren por primera vez a su alrededor e intégrense en el ritmo de la sociedad. Inviertan, gástense una parte de lo mucho que ganaron, los pocos que lo hicieron, y contraten asesores, abogados, comunicadores, publicistas, economistas, sociólogos que les marquen el camino, que les diseñen sobre el mapa la estrategia de la urgente batalla.


Abran las puertas de sus tétricos despachos, iluminen las páginas de sus oscuros libros de cuentas y acudan pertrechados de números y de datos, de cifras incontestables, a las trincheras de la administración. Avergüencen al político roneante de cada callejón, tápenle la boca a la demagógica coleta sin añadido… Pero háganlo ya. Queda poco tiempo para evitar el lamento eterno por haber perdido nuestra razón de ser. Pónganse a trabajar de una puta vez.