01 junio 2013

sobre la corrida de adolfo martín: una tarde para devolver el sentido

Una tarde para devolver el sentido: al toro, a la lidia, al toreo, al sentirse torero, al arte de la tauromaquia y su modo heróico. Era necesario escribir una líneas. La tarde lo merecía, aunque ya hayan pasado más de 24 horas. El recuerdo permanecerá, el ejemplo, sus múltiples detalles.

 
Fotos :: Juan Pelegrín

Una corrida de toros. Seis de Adolfo Martín y tres toreros: Antonio Ferrera, Javier Castaño y Alberto Aguilar; y sus cuadrillas. Y un argumento emocionante, inspirado e inesperado, tan racional como apasionado. Imprevisible, como la casta del toro bravo que lo es. Así, sobre esos hilos, pilares fundamentales, transcurrió la que sin duda es la tarde de la feria, o una de ellas.

Y lo fue desde el principio porque Antonio Ferrera, curtido y herido, derrochó insultante torería. Desde el minuto uno ganando terreno, buscando la embestida, embarcándola, mandándola. El toro suelto, con los pies, recién levantado y Ferrera, verónica va, verónica viene, una chucuelina, un remate, el ruedo de costa a costa. A las primeras de cambio tuiteábamos: "¡Coño, un toro y un torero en Las Ventas!"

De toreros hubo tres. Muy capaces. Muy toreros. Y seis toros con todo su aquel. Dos asaltilladamente cornipasos fuertes y cuajados, hondos, que tuvieron bravura para dar y tomar. Otros dos menos descarados, también de menos fondo, pero pidiendo los papeles, exigiendo colocación y muleta al hocico, con un pitón o los dos para irse tras los vuelos en embestida que pesaban en su viaje varios quilates. Y otros dos con mayor sentido. Una corrida de toros en la que no se regalo nada, ni media embestida, y la entrega siempre a los vuelos en embestidas a ralentí no permitía el menor descuido. Por eso cada muletazo que se extrajo y deparó la tarde --y hubo muchos, los justos, y buenos y necesarios--, cada vez que se ligaron las suertes, cada pasó al frente que se dio, y se hudían los talones y se metían los riñones, precisamente por todo eso, todo tenía tanto mérito.

La tarde de Antonio Ferrera fue de puerta grande. Así lo dejábamos claro en otro tuit: "Si la sociedad, y por lo tanto la afición, no estuviese lobotomizada por espurios e infantiles intereses, hoy a Ferrera lo sacaban a hombros". Y es que la insultante torería que derrochó, la capacidad lidiadora, la entrega y sinceridad con la que anduvo toda la tarde, las líneas que sobrepasó, lo que llegó a su primero para tirar de él hasta la embriaguez, totalmente rebozado de toro; la lidia que dirigió ante el cuarto, la exposición y pureza en los emocionantes tercios de banderillas, el sentirse torero toda la tarde y el trascender a partir de lo que tenía delante que torear.




Las verónicas intensas al cuarto, torrente de bravura. Muy de verdad, los galleos, los recortes para deajar en suerte al toro, lo quites originales (de como eran en el origen) y tantas cosas más. Cortó una oreja de ese cuarto, uno de los asaltillados. Le faltó el fondo de lo mucho que prometío de salida, cierto. Pero la casta se fue detras de las telas templadas de un Ferrera metido en el toro literalmente, meritorio el toreo. La estocada y la oreja.



Javier Castaño lo único que sacó en claro del carbón del segundo fue un puntazo en la mano derecha y Alberto Aguilar descubrió un pitón izquierdo que embestía dormido al temple exacto. Otra reflexión que soltábamos por Twitter al ver la tercera tarde de Aguilar --Escolar, Montealto y Adolfo-- era que "Te paras a pensar la de embestidas complejas q han pasado por la muleta de y te das cuenta de toda la dimensión del toreo". No fue su tarde más rendoda, el sentido que sacó el quinto (adelantó turno por el puntazo de Castaño) obligó a abreviar. Pero eso no borraba el paso más serio de un matador de toros por San Isidro: tres tardes, dos de ellas ganadas por la vía de la sustitución, una puerta grande birlada, una faena con méritos de oreja ante la de Escolar y lo más importante: querer hacer el toreo siempre bien, en pureza.



Y la faena de la tarde, la lidia total, la cumbre del tercio de varas por Tito Sandoval, David Adalid y Fernando Sánchez con los palos, la brega de Galán. La tarde una vez volvía a ofrecer un enorme espectáculo, otro más. El sexto, Marinero, de pitones vueltos, serio y hondo, tuvo temple y tranco despaciosos al embestir tras una lidia auténtica en la que hubo toro y toreo en todo momento. No se escatimó nada, no se ahorró nada, se lució el toro, se lucieron los de oro y los de plata, se apasionó el público del cemento y también el sillón de casa.




Castaño, montera calada, imprimió torería, profundidad al natural. Por ahí lo bordó, cuajó al toro, sobre todo cuando ofrecía los vuelos. El toreo fue necesario y bello. Pero con la espada, la mano herida, falló. El trofeo se esfumaba...



Pero como que daba igual. La emoción del toreo, de la lidia, del toro había quedado patente, quedaba en la memoria. Por toros y toreros. Por el interés de la corrida de Adolfo Martín y por la torería derrochada por Ferrera, Castaño y Albrto Aguilar. Había sido sin duda la tarde del San Isidro 2013.

PS: A esta película en un principio se había apuntado Iván Fandiño. Para él fueron los brindis de Castaño y Aguilar.


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