05 junio 2014

#sanisidro14/ el trono del toreo todavía espera su final


 La tarde de Beneficencia que venía con márchamo de finalísima y el trono en juego, quedó la víspera relagada a semifinal. Perera había puesto San Isidro por las nubes tras desorejar un Adolfo Martín y se postulaba como auténtico finalista. Quien viniera después, y después venían El Juli, Iván Fandiño y Alejandro Talavante, tenía que trastocar sus planes y hacerse un hueco en esa nueva final por el trono, todavía sine die. Qué cosas tiene el toreo.

El Juli e Iván Fandiño se apuntaron victorias anímicas y victorias morales, respectivamente, apurando por un hueco en la nueva final que hoy pide el toreo.

El marcó de Beneficencia estableció el campo de batalla para que una corrida de Alcurrucén dejase correr demasiada mansedumbre para tanta pólvora y redaños. La combinación no permitió la explosión ni cuando de verdad parecía que aquello iba a estallar.

Todas las intenciones de salida sobre la mesa. El primer Alcurrucén fue estrecho, fino, de toda la
corrida fina de vientre, el más fino; recogido y astifino de pitones: un núñez. Tanto temple humillado como escaso poder. Los lances de recibo julistas de tabaco y oro se reunieron bien. Quite por gaoneras a cojón firme de Fandiño. Las apreturas en la boca de riego y la impresión: la sangre en toda la taleguilla antes caña y oro era el mensaje. Más temple en el quite de El Juli. Cordobinas aladas. Gusto. Luego vino el encaje total. Aferrado al piso. Temple en las telas y en el toro. El arrimón de primeras. La solución ligada y apurando los espacios de un toro que no oponía resistencia por ellos por falta de poder. Sobrado El Juli, inventándose cada serie. Mientras, en los tendidos, el follón. Espadazo según estilo de Julián López y una oreja impropia de Las Ventas. El Juli ya tenía su victoria, una victoria anímica por no dejarse aguijonear por las protestas y levantar faena de técnica y poso admirables.

Tuvo la corrida hechuras e intenciones diversas. Noble y templado el primero. Pronto y con movilidad el tercero. Punta de casta y transmisión a regañadientes de la mansadumbre, el quinto. El sexto fue toro de carbón, moneda al aire y apuesta seria. Y segundo y cuarto, a menos, sin clase y marcando los terrenos para el raje.

La vara de medir se perdió en lo que va del primero al quinto. Fue cuando la tarde se puso en evidencia. Sin romper adelante de salida como toda la corrida, salvo ese primero, salió el quinto. 'Pelucón'. Con la virtud de hocicar, pero sin romperse tras las telas y trabajándose la huída, saliendo rebotado de los petos y malpicándose. Virtud a la que aferrarse era la forma de humillar. El ímpetu a trompicones y las aristas del manso, esa casta vistosa más defensiva que entregada. Iván Fandiño en su mundo: parsimonia en el inicio al ir al toro por primera vez, como mascullando el paso al ataque. La diestra segura. El temple en dos y tres tiempos. De tirar más que de llevar. Embestida atrancada, muñeca mandona. Muleta que empuja gañafones al aire. Cuando le trata de apretar, salen dos cornadas que pespuntean los tobillos en una embestida serpenteante, como de una anguila, al ir y al volver.

Por la zurda muy atado también Fandiño, un mundo rematar el trazo que no se engancha de puro milagro. Juegan los vuelos, y el seco toque. Tres naturales más sacando tela por debajo de la pala. 'Pelucón' acaba por entregar las cartas. El final por bernardinas, a un palmo de los pitones la barriga. La estocada otra cumbre que abre la taleguilla de muslo a ingle. Cambias el pelo castaño por otro cárdeno, y el toreo conseguido por Fandiño se habría sobredimensionado de otra manera.

 Una faena y una estocada para dos orejas quedó en una tras esa casta que afloró en la agonía para que el pavo se levantase muerto en vida hasta tres veces antes de caer rodado. Qué cosas tiene el toreo. Fandiño tuvo que conformarse con la victoria moral que da cuajar un toro y rozar todo aquello.

Alejandro Talavante buscó la casualidad en su primero. Que metiera la cara por casualidad, que el toreo surgiese natural, casi sin buscarlo, y no. El toreo casi siempre busca sus porqués. La prontitud y buen son de su primero casi por casualidad se descubrió ante el público sin que se enterase Talavante.  Se iba a los vuelos, se abría y dejaba estar. Entero el animal cuando decidió abreviar, el error a espadas vino a consecuencia. Manso encabronao el sexto, de hachazo va, hachazo viene y la falta de recursos lidiadores, dibujaron al final una pésima tarde de Alejandro Talavante. De su cuadrilla destacar a Juan José Trujillo, que dejó dos pares de banderillas al último en los que se asomó con todo al balcón.

El Juli y Fandiño quedaron a medias con cuarto y segundo. Lo mejor, el quite robado por verónicas de El Juli o el volapié de libro de Fandiño. Pero a sus toros les faltó entrega y mejores formas por abajo. De inicios espectaculares ambos: Fandiño se dejó llegar el tren y El Juli compuso un tanda de inusitada verticalidad en su concepto. Pero luego marcaron querencias estos alcurrucenes y de los medios fueron decantando el diálogo hacia los adentros, las caras nunca descolgaron y en su desentendida mansedumbre las victorias de Juli y Fandiño no pudieron ir más allá del ánimo y la moral. Saben que la final por el trono se tendrá que celebrar otro día y que Perera tendrá que estar.



En otro trono se sentó a presidir el rey Juan Carlos a escasos días de abdicar la corona de forma oficial en su hijo, futuro Felipe VI. La ovación antes de que diera comiezo la corrida fue de impresión. Sonó a despedida y mucho más. Punto.