27 abril 2015

feria de abril 2015/ fiesta de los miura (by barquerito)


Torería y sabor en faena añeja de Dávila Miura, sobradamente a la altura del gesto y del reto de honrar a la familia todavía más. Como si no hubiera suficiente con 75 años consecutivos anunciándose el hierro de Miura en Sevilla. Corrida para no perder detalle. Qué dos toros cuarto y quinto. La lidia del cuarto, por cierto, de Dávila y Ambel, perfecta. La actitud y ambición de Escribano que madura a pasos agigantados y Fandiño con un lote de tremendo sentido.


Pero hoy, como no hemos podido ver la corrida de forma detenida, recurrimos a la crónica del Barquero, que lo cuenta perfectamente o mejor:


FIESTA DE LOS MIURA

El hierro celebra su LXXV comparecencia consecutiva en la feria de Abril con una corrida vibrante. Dávila Miura y Manuel Escribano se alzan con sendos éxitos
Sevilla, 26 abr. (COLPISA, Barquerito)

Sevilla. 13ª de feria. Nubes y claros, algo revuelto. Casi lleno.
Seis toros de Miura. Corrida seria y variada. Prontos y bravos en varas los seis. Segundo, cuarto y quinto dieron buen juego. Se defendió el primero. Artero el tercero. Incierto el sexto.

Dávila Miura, saludos y una oreja. Manuel Escribano, saludos y una oreja. Iván Fandiño, silencio en los dos.
Bregó con categoría Javier Ambel, brillante en banderillas. Dos grandes pares de Joselito Rus al cuarto. Picaron muy bien José Manuel Quinta y Manuel Bernal a segundo y sexto.

NUEVE AÑOS después de su retirada, Eduardo Dávila Miura volvió a vestirse de luces para matar en Sevilla una corrida de la familia. La familia, el hierro y la divisa cumplían setenta y cinco presencias consecutivas en la feria de Abril. Una cifra astronómica, prueba insuperable de fidelidad. La fiesta tuvo tirón. Casi lleno, buen ambiente. No es costumbre en la Maestranza sacar a saludar a nadie después del paseo, pero la ovación con que se recibió a Eduardo Dávila nada más asomar fue de gala. Ya rotas las filas, la ovación se hizo irresistible y Eduardo tuvo que corresponder desde el tercio. Las palmas, tan rotundas, iban tanto por Eduardo y su gesto como por los Miura. Por todos los Miura, los ganaderos de ahora, los de ayer y anteayer, los de 1850 y 1900 también.
La corrida -600 kilos de promedio en báscula- fue de hechuras y catadura bastante diversas. Se enlotaron juntos los dos toros de más distinta traza: un segundo cárdeno claro y ojalado, largo y más bajo de lo habitual en la ganadería, y un quinto cinqueño, alto, un punto ensillado, muy alto, fuerte, de temible apariencia. Fueron los dos mejores de la corrida. Pero distintos. El segundo tuvo llamativa elasticidad y galopó en banderillas. La prontitud tan característica de los miuras pero salpicada por un son nada agresivo.
Los seis toros se emplearon en el caballo, los seis sin excepción. Este segundo vino a la segunda vara con tranco rico. Es muy de Miura que un toro de salida se vuelva, se descare y se entere. Y que se duela de la divisa. De la divisa no se dolió ninguno de estos seis. Volverse y descararse sí lo hicieron tres. Entre ellos, el imponente quinto. Escribano se fue a esperarlo a porta gayola en un alarde temerario. Al toro, tal vez deslumbrado, y casi frenado, le costó hacer por el cite y la larga cambiada preceptiva fue laboriosa. Temeridad, sí, pero valor de sangre fría también. En pie, y en el tercio, el toro embistió por derecho, largos viajes. Escribano soltó los brazos, se encajó a modo y pego cuatro lances templados de gran emoción. Muy buenos los remates.
También este quinto se empleó en varas con fijeza. No se oyó el ruido de los estribos en toda la tarde. Salieron a picar los caballos más pesados de la cuadra de Peña. Los tercios de varas fueron de impecable resolución y brevedad ejemplar. No hubo que reclamar a un toro dos veces para que atendiera la llamada de los picadores. Ni siquiera el sexto, que Fandiño puso en los mismos medios para las dos varas.
De los seis miuras el de más potencia fue precisamente el quinto, que quiso por las dos manos. Las más de las bazas vino descolgado. Le faltaba el golpe de riñón que propicia los muletazos largos. En los de pecho o cambiados de remate, el toro respiró mejor que en las tandas cobradas en distancia corta. Habría convenido, al contrario, la tanda corta y la distancia larga. La faena fue de tanta soltura como decisión, de torero preparado. Alguna pausa exagerada, algún paseo de más, el solo error de abrir faena por estatuarios en tablas, error que estuvo a punto de costar una cornada.
Esa segunda faena fluyó más y mejor que la otra del propio Escribano, que también entonces abrió trasteo por alto, pero de largo y con dos cambiados por la espalda. El bello segundo miura fue toro de solo mano derecha. La cara arriba en las tomas, contadas, por la izquierda. Esos dos toros tan distinguidos murieron como solo saben hacerlo los miuras literarios: sin cruzar la segunda raya a tablas, resistiendo en el tercio y pie como titanes hasta el momento de rendir el último aliento y rodando al fin como si se hundiera el mundo.
La muerte del quinto, herido de estocada desprendida, se acompañó de un clamor particular que estuvo vivo hasta el momento en que las mulillas desaparecieron por la puerta de arrastre. La euforia y su contagio: se pidió hasta una segunda oreja para Escribano, que había sumado el mérito de prender tres pares de banderillas a cada uno de los dos toros de lote. El tercero de cada tercio, cambiado en tablas. También el segundo tuvo muerte muy singular, por lo resistida, por la distinción de la escena.
El resto de corrida fue de otro aire. Se defendió, acostó y rebañó por falta de fuerza y codicia el primero, y Dávila solo pudo dejar claro que se había tomado la fiesta muy en serio. Nadie diría que llevara nueve años en la reserva. Bien vestido –tabaco y oro-, en perfecto estado de revista, gobernó la cosa con autoridad. Sopló viento en sus dos turnos. Ni eso pareció perturbarle.
Al cuarto, que fue, junto a segundo y quinto, el otro toro de buen trato, le pegó Eduardo de salida un puñado de lances de manos bajas, descargó la lidia en manos de un templado y seguro Javier Ambel, y toreo de muleta con sentido del ritmo, buen acople y mucha inteligencia. La propia de quien conoce la ganadería y sus muchos registros. Saber resolver el momento en que un miura se revuelve. Ligar el natural con el de pecho, y lo hizo una vez, y fue mágico. Entenderse cuando el toro empezó a frenarse. Y pegar una estocada sensacional por el hoyo de las agujas.
Fandiño no tuvo fortuna en el reparto: el tercero, gazapón, mirón y revoltoso, lidiado con desorden y avisado en parte por eso, pegó muchas tarascadas. Cobardón, siempre detrás de la mata. Fandiño abrevió. El sexto, de son apacible en los dos primeros tercios, mutó de banderillas en adelante, sacó son incierto, probaba, se apoyaba en las manos, tardeaba. Y dejó de pasar. Buena estocada de Iván al segundo viaje.