14 marzo 2016
#fallas2016/ escucha el programa especial sobre la manifestación taurina de valència en cultura de bou
Escuchad...
Morante de la Puebla nos dice: "no es que uno vaya roneando de ser taurino, son cosas que uno las siente y con eso tiene bastante; pero cuando nos encotramos con tanta opresión hay que sacar el orgullo de ser taurino"
30 enero 2014
26 septiembre 2011
un retroceso moral, por francis wolff
Estos son sus últimos párrfos:
(...)
Cualquiera prohibición sería un retroceso moral. El sentido y el valor de la corrida de toros descansan sobre dos pilares: la lucha del toro que no debe morir sin haber podido expresar sus facultades ofensivas o defensivas; y el compromiso del torero, que no puede afrontar a su adversario sin jugarse la vida. El deber de arriesgar la propia vida es el precio que uno tiene que pagar para tener el derecho a matar al animal respetado, en vez de sacrificarlo de una manera oculta y mecanizada.
Entretanto, debemos confesarlo: ningún argumento podrá jamás convencer a los que representan la corrida como la tortura de un animal inocente. Ni que en su lucha exprese su naturaleza de animal bravo, ni que queriendo evitar la muerte de unos cuantos se condena en realidad a toda la especie, ni la comparación entre la corta y abyecta vida de las terneras criadas en batería y los toros criados en plena libertad... les convencerá. Estos argumentos serán siempre insuficientes ante la reacción inmediata y pasional del que se indigna y grita "¡No, eso no!".
Es cierto que a esta reacción los aficionados oponen muchas veces su propia pasión. Podríamos quedarnos en esa oposición de pasiones si ellas mismas se quedarán ahí. Pero el problema es que una de ellas exige la prohibición de la otra. Y aquí es donde el papel del político debe ser el de mantenerse razonable diciéndose: "Si algún día las corridas de toros desaparecen, será porque ya no despiertan pasión alguna. Hasta ese momento es prudente dejar a cada cual con su pasión y hacer que prevalezca el principio de libertad".
31 julio 2010
los antitaurinos y el toro bravo, una relación imposible
El toro bravo, especie creada por Dios, los ángeles o el hombre, no cabe en la realidad de los antitaurinos. Al amparo de la moral y el ser mejores personas y una mejor sociedad, los antitaurinos militantes --en el caso catalán, la plataforma Prou!-- y, sobre todo, los más extremistas tratan de inculcar su ideario veganista 100% demuestran no soportar tanto realismo, cosa que puede llegar a entenderse. El argentino Leonardo Anselmi, uno de los líderes, centra su defensa animal con la frase "tener el poder no significa tener la razón". Mediante esa justificación se da la razón a sí mismo y a su postura, y trata de arrebatarla al resto: ni carne, ni pieles ni productos lácteos.
Con lo logrado está claro que se han ganado el aplauso fácil. Sin preguntárselo --ya que tantas veces dicen que el toro no elige ir a la plaza-- se han convertido en supuestos abogados defensores del toro bravo, aunque eso todavía está por comprobar y esperemos que tampoco llegue el caso.
En la actualidad, al toro bravo podemos considerarlo un animal doméstico por criarse con la compañía cercana del hombre, aunque por su carácter lo de 'doméstico' no sea totalmente cierto. Animal doméstico como el perro, la vaca lechera, el cerdo o el pollo, pero con una evidente diferencia. Así, mientras al perro se le exige compañía, defensa (¿eso quién lo elige?); a la vaca una buena producción de leche (¿la ofrece de forma libre?); al cerdo o al pollo, buena carne (¿lo hacen gustosos de alimentar al mundo?); al toro bravo lo que se le preserva es su carácter.
El ser humano ha preservado al toro, su carácter único, para medirse con él. Citando a Francis Wolff en Filosofía de las Corridas de Toros (Ed. Bellaterra):
El toro es un animal del que el hombre se ha apropiado, al menos desde que exiten ganaderías.
Es decir, el ser humano ha venido a preservar algo que ya existía. Como podemos decir que se ha apropiado de otro buen puñado de especies, además de las que se nutre sin manejarlas.
[el toro] Es el fruto (por selección y control de la reproducción) más idóneo para ese fin y si el toro bravo no sirviera para ese fin, no sólo no existiría, sino que, además, sus características morfológicas y etológicas son en gran medida fruto de la voluntad humana. En ese doble sentido, se puede muy bien llamarlo 'doméstico'.
Por lo tanto, la humanización antes citada en otro contexto, tampoco podemos negarla en la crianza del toro, por su carácter, bravo. Aunque ahí encontremos uno de los principales males intrínsecos de la tauromaquia moderna, que es una selección más humanizada en la que se puede disminuir la animalidad del toro. Volvemos a Wolff:
La paradoja es que esa apropiación y esa utilización por el hombre suponen y entrañan que sea criado preservando su desconfianza natural y desarrollando su agresividad natal, es decir, su hostilidad al hombre. Se trata de una familiarización singular, ya que se hace con vistas al combate contra el hombre...
(...)
La especie 'toro de lidia' no es ni doméstica ni salvaje: es un animal bravo. Por las mismas razones, no se ajusta a las oposiciones 'familiar/extraño' y 'amigo/enemigo': ni amigo, ya que es lidiado y muerto, ni enemigo, puesto que no debe ser ejecutado ni exterminado; el toro debe ser lidiado por quien acepta exponerse él mismo al mayor peligro y es matado conforme a reglas y formas que se basan en el respeto de su integridad física (los pitones, temibles armas naturales) y moral (no puede ser excitado ni disminuido artificalmente)
Nos encontramos, pues, en una relación de ejemplarizante respeto, aunque plagada de una cantidad errores, que sólo son corregibles desde la propia relación, devolviéndole los mayores grados de emoción, pureza y verdad a la conjunción que resulta y que conocemos como arte de la tauromaquia.
Llegados aquí, volvemos a repetir: la relación entre el toro bravo y los antitaurinos es imposible. Es más, carece de futuro. La ILP aprobada por el Parlament de Catalunya no se plantea el problema más allá de la prohibición. Eso parece ya no interesar. Como dijo Puigcercós, entre otras cosas, al justificar el voto de ERC a favor de la abolición, un motivo más para situarse a favor de la ILP es que en Catalunya no hay dehesas que conservar ni toros que pasten en ellas. Razón que, por cierto, podría darle cierto porcentaje de tinte nacionalista a su voto. Algo así como decir, pongamos por caso: ¿Que la deforestación es un problema mundial? Bueno, pero en Catalunya no.
Pero hablamos de antitaurinos que actuan por un determinado interés --la defensa y protección de los animales dicen--, pero que desde su extremo el enfoque de la situación es la que realiza el totalitarismo veganista. Habría ahora que parafrasear a Anselmi: El poder --dentro del movimiento antitaurino y más ahora con la prohibición catalana-- no te da la razón.
Poder si a alguien no se le puede negar en este caso es al toro, el que le es propio desde hace más mil años y el que se ha encargado de preservarle el propio hombre en los últimos cuatro o cinco siglos. Y ese poder es el que le da la razón al toro y a la relación mantenida con el hombre; a su enfrentamiento, que ha devenido en el arte de la tauromaquia --rito y tradición-- donde la vida y la muerte se palpan sin edulcorantes rodeadas de valores como el respeto, la verdad, el valor, la nobleza, la pasión, la entrega, la naturalidad o el esfuerzo por la excelencia, tanto del hombre como del toro, representado como tal, nunca como una pieza de carne ni un ser desvalido al que para existir, vivir y demostrarse como es, e incluso trascender, nunca ha necesitado de estos abogados defensores que le han salido y que conocemos como antitaurinos.
30 julio 2010
nadie gana, por francis wolff
Ante la decisión del Parlamento catalán adoptada ayer según la cual el uno de enero de 2012 entrará en vigor la ley que prohíbe la lidia, hay tres aspectos bien diferentes que merecen comentarse.
En primer lugar, está el lado político, el nacionalismo y las circunstancias inmediatas de la propia votación que se desarolló ayer y que no quiero entrar a comentar. La única cosa que puedo decir a este respecto es que, hoy en día, más vale defender una cultura minoritaria que mayoritaria. En Francia, por ejemplo, la cultura taurina se beneficia de su carácter de identidad regional, frente a la cultura nacional del norte, y esta es precisamente una de las causas fundamenales de la buena salud de las corridas de toros que se celebran en el sur de Francia. Pero reducir la votación del Parlamento catalán a la mera dimensión del nacionalismo sería una grave equivocación. Otro aspecto importante a destacar es la actual fragilidad de la cultura taurina. Lo que ocurre hoy en Barcelona puede suceder en cualquier otra región taurina del mundo: la comprensión de la corridas de toros, el sentimiento del toreo, la admiración y el respeto por el toro y los valores intrínsecos de la tauromaquia pueden perderse muy rápidamente. Por este motivo la afición es algo que debe ser transmitida a nuestros hijos.
También es necesario destacar que otro elemento fundamenal de este debate es esencial y profundamente ético. Con este tipo de prohibiciones por la vía legal o parlamentaria, la humanidad puede perder mucho: en libertad, claro, pero también en virtudes morales como grandeza, belleza, valor, que son las bases de la tauromaquia. Y la animalidad, por cierto, no va a ganar nada: ni en libertad, ni en condiciones de vida, ni en respeto, ni en biodiversidad.
La divisa del torero es: «Transformar el miedo humano de morir en belleza». ¿Hay vocación más noble? La divisa del toro de lidia es: «Vivir libre cuatro años y morir luchando quince minutos.» ¿Acaso hay destino mejor para un bovino criado por el hombre?
05 marzo 2010
no a las prohibiciones, por víctor gómez pin y francis wolff
La propuesta de abolición de las corridas de toros es presentada en el Parlamento de Cataluña como corolario de un proyecto más general, que tendría marcado tono ecologista, apuntando a revitalizar el sentimiento de nuestra pertenencia a la naturaleza y la exigencia de proteger la biodiversidad. Tras estos argumentos abolicionistas es indudable que subyace un enorme problema filosófico y científico, en el que está en juego la concepción misma del hombre y de su lazo con las demás especies. Desde luego, una interpretación reduccionista del alto grado de homología genética que se da entre humanos y otros animales puede dar lugar a una revolución en el concepto que tenemos de comportamiento ético. Este no pasaría ya por la exigencia de no instrumentalizar a los seres de razón, de tratar al hombre como un fin y nunca como un medio, sino por la empatía con todos los seres susceptibles de sufrimiento, en cualquier caso con aquellos dotados de sistema nervioso central. Una de las organizaciones políticas que en este Parlament apoya la abolición dice en una resolución interna que "la tortura y los espectáculos crueles e inhumanos con los animales no pueden justificarse bajo la consigna de la tradición y la cultura". No podemos estar más de acuerdo.
Ya hemos tenido ocasión de decir que si la corrida de toros transgrediera ciertos imperativos éticos universales e irrenunciables (cosa que sí hace, por ejemplo el que practica la vivisección sin anestesia de mamíferos superiores, o simplemente maltrata a su perro, confinándole en espacios dónde no puede realizar su naturaleza) sería simplemente obsceno pretender defenderla en base a argumentos de fidelidad a tradiciones. El problema reside precisamente en determinar si la tauromaquia infringe alguno de estos imperativos absolutos. Obviamente los taurinos lo niegan y hasta suelen manifestar su sorpresa de que pueda considerárseles enemigos del pensamiento ecológico, o de carecer de sensibilidad para con los animales. Los taurinos afirman que su contemplación del sacrificio del animal nada tiene que ver con una complacencia ante el sufrimiento. El sacrificio sería simplemente el precio por un rito de marcado peso simbólico y artístico. La compasión que debe regir nuestro comportamiento con los seres humanos y los animales de compañía, no puede sin embargo determinar en exclusiva nuestros principios éticos.
Los buenos sentimientos de los abolicionistas se reducen por desgracia a la siguiente máxima: ¡no provoquemos dolor! Si se trata de repudiar los comportamientos crueles, obviamente de acuerdo. Si se trata de mejorar las condiciones de vida de los bueyes y los pollos, más de acuerdo. Pero si se trata de "liberar" a los animales de todo tipo de dolor y, en consecuencia, de toda subordinación al hombre; si se trata hoy de prohibir la corrida de toros para mañana prohibir la pesca y la caza y hasta el consumo de carne (es decir prohibirlos exclusivamente a los hombres, no a las demás especies animales) entonces se hace evidente que la conciencia animalista no es una extensión de los valores humanistas, sino la negación de los mismos.
Este nuevo culto es peligroso. Cada vez que se ha erigido la defensa de la naturaleza en imperativo absoluto se ha desvalorizado al ser humano. Que los hombres inventen el animal cuando dejan de creer en Dios no es necesariamente una buena noticia.
Víctor Gómez Pin es catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona. Francis Wolff es catedrático de la Universid ad de París.
26 diciembre 2009
la fiesta: ecología, pasión y muerte, por francis wolff
Un día, un periodista me preguntó si la corrida era de derechas o de izquierdas. Había motivos para dudar: en Francia hay tantos aficionados de izquierdas como de derechas. Y la defensa de la tauromaquia es el único punto común político entre los cincuenta municipios que se han movilizado para que la UNESCO reconozca la Fiesta como patrimonio inmaterial de la humanidad.
Yo respondí: «No más que la ópera, el flamenco, o el ciclismo, los toros no son de derechas o de izquierdas. Sin embargo, hay partidos ecologistas que deberían reconocer en la Fiesta sus propios valores. Por desgracia, estos partidos suelen estar teñidos de una ideología animalista muy poco ecológica, y llenos de militantes que ignoran la realidad de la vida del toro en el campo y de su muerte en el ruedo».
Ecosistema único
Los defensores de la corrida sí dirigen un combate ecologista. Primero, defienden una de las últimas formas de ganadería extensiva que existen en Europa, en la que cada animal dispone de entre una y tres hectáreas de territorio. Acabad con la corrida, y muchas de esas tierras hoy reservadas al toro de lidia se destinarán a una agricultura intensiva o industrial. Defienden un ecosistema único, la dehesa, que es una verdadera reserva de fauna y flora a imagen de los grandes parques naturales protegidos. También defienden la biodiversidad. El toro bravo constituye una variedad única de toro salvaje preservada gracias a las grandes ganaderías, y que quedaría condenada al matadero si se acabara con la Fiesta.
Es un caso único de ganadería que respeta casi todas las exigencias de la vida salvaje del animal (territorio, alimentación, etc) precisamente porque es necesario, en vista del futuro combate, preservar su instinto natural de agresividad y de desconfianza hacia todo intruso, en particular el hombre. El toro de combate es el único animal doméstico que para satisfacer las finalidades humanas para las que ha sido criado necesita que no se le domestique. Ha de ser criado lo más «naturalmente» posible – pues de no ser así, su combate en la arena sería imposible y la corrida perdería su sentido-.
Condena del animal
¿Existe espectáculo o arte más ecológico que la Fiesta? Seguramente no. Pero resulta que muchos ecologistas «olvidan» sus valores para adoptar valores animalistas opuestos. Defender la biodiversidad, el equilibrio de las especies y de los ecosistemas no tiene nada que ver con el hecho de ocuparse del destino individual de tal animal. No se puede salvar la especie «leopardo» y preocuparse del sino individual de las gacelas. Hay que elegir. Para salvar el toro de lidia como especie, hay que sacrificar algunos ejemplares destinados a la arena más que al matadero. Resulta paradójico que para salvar a unos ejemplares haya que condenar toda la especie, tornada inútil, al matadero. Pero ¿no podemos compadecernos de la suerte de los animales? Por supuesto. Debemos devolver a nuestros perros y gatos el afecto que nos profesan; una especie de contrato moral afectivo nos une a estos animales de compañía, y claro que resulta cruel pegar a su perro o inmoral abandonarle en el área de servicio de una autopista. Con los animales domésticos, tenemos otro tipo de contrato moral: nos dan lana, cuero o carne, a cambio de nuestra protección, una alimentación adaptada y condiciones de vida decentes. Resulta cruel criarles masivamente y reducirles a máquinas de carne. ¿Y con los toros bravos? Otro tipo de contrato nos une a ellos: respetar su bravura mientras viven y hasta en la muerte. Por tanto, es moral criarlos de acuerdo a su naturaleza brava (libre, insumisa y rebelde) y sacrificarlos en un combate que les da sentido, importancia, gravedad; un cara a cara que respeta su naturaleza brava, y durante el cual el hombre arriesga su propia vida a la altura del respeto que éste tiene por la vida de su adversario. ¿No es eso más moral que la contención forzada y el sórdido silencio de un matadero?
Que no guste la corrida por una cuestión de sensibilidad personal, es comprensible: todas las sensibilidades son respetables. A quienes lo ignoran todo sobre la corrida, las condiciones de vida o de muerte del toro, la ética del combate y su estética, a todos los que se imaginan un espectáculo cruel y sanguinario, sólo hay que aconsejarles que visiten algunas ganaderías o asistan a algunas tardes heroicas y grandiosas. Verán la comunión espiritual que rodea a este espectáculo desgarrador y sublime. Y si prefieren mantenerse alejados de los toros y conservar sus prejuicios, son libres, a condición de que su ignorancia no les haga intolerantes con quienes no piensan ni sienten como ellos. Pero que algunos se atrevan a calificar de «tortura» el peligroso enfrentamiento del ruedo, donde el hombre arriesga su vida en cada instante, eso es una cuestión de mala fe. Es un insulto a todos los torturados de la tierra. Es querer invertir el sentido de las palabras: torturar es, sin correr ningún peligro, hacer sufrir a un adversario al que se ha dejado indefenso, mientras que lidiar un toro, consiste en que el animal pueda en todo momento atacar libremente a su oponente al que puede herir en cada instante, un animal cuya bravura y peligro se acrecientan según transcurre el combate.
Si fuera un buey, no dejaría de huir (y eso sí sería tortura) y entonces no habría corrida; si el toro fuera realmente torturado, huiría en lugar de redoblar esfuerzos y seguir luchando. Hablar de tortura para referirse a la corrida es atacar a todas esas actividades, sin embargo bien pacíficas, que implican la muerte de un animal, como la pesca con caña. ¿Se puede llamar torturadores a esos pescadores domingueros? ¡Los aficionados no disfrutan con las heridas del animal! Admiran la inteligencia del hombre, la bravura del animal, el valor de los combatientes, la transformación de una fuerza bruta en obra humana.
Los autoproclamados defensores de los animales, que se arrogan el monopolio de la moral y de los buenos sentimientos, como si nosotros, los aficionados, fuéramos insensibles e inmorales, todos esos animalistas, se compadecen quizá de los sufrimientos de algunos, pero ¿quieren de verdad a los animales por lo que son, lo que hacen y lo que encarnan? ¿Aceptan la animalidad en toda su diversidad o lo que quieren es reducirla al fantasma de amables animalillos de dibujos animados de Walt Disney? Quien ama a los toros sabe que para ellos el peor de los males es el estrés que conlleva el confinamiento más que el «dolor», anestesiado por el combate y transformado en combatividad: el soldado –¡o el torero!– olvida sus heridas en el ardor de la batalla, son absorbidas por la acción y transformadas en actos.
Sinceridad
Seamos generosos y supongamos que todo el mundo es sincero, tanto los aficionados como los antitaurinos. Admitamos que todos aman al toro y quieren defenderlo. Unos ven en él un héroe que lucha, los otros una víctima a la que se mata. Pero eso sería imposible, tanto para unos como para otros, sin una dosis de identificación. Tratemos entonces de responder con franqueza. ¿Qué preferiríamos si nos tuviéramos que poner «en el lugar» del animal? ¿Una vida de buey de campo encadenado que se acaba pasivamente en el matadero o una vida de toro en libertad que se prolonga en veinte minutos de combate valiente? Quizá algunos duden… Si dudáis, no denigréis a quienes prefieren la vida y la lucha del toro bravo, a quienes piensan que su suerte es una de las más envidiables de todas las especies animales que el hombre se ha apropiado para satisfacer sus fines y que pueblan su imaginación. No sentenciéis a muerte la corrida ni los toros de combate, respetad a quienes los aman.
*Catedrático de Filosofía de la Universidad de París
28 octubre 2009
"una invitación a que los aficionados lleven la cabeza alta", por francis wolff
Vía :: Los toros en el siglo XXI | El libro de Francis Wolff, Filosofía de las corridas de toros, se ha convertido en obra fundamental de la amplia biblioteca que trata la tauromaquia. Ese fenómeno ha ocurrido en un par de año. Hoy es todo un referente o como dice su autor: "una invitación a que los aficionados lleven la cabeza alta. Que abandonen la actitud pasiva, resignada, culpabilizada".Ayer Rubén Amón publicó el siguiente artículo en El Mundo. Lo pongo íntegro porque no sobra nada. Su título: París, toros y filosofía. Francis Wolff, su protagonista:
27 de octubre de 2009.- Francis Wolff, amén de filósofo, es aficionado a los toros por revelación. Se le apareció un torero en el ruedo cuando andaba de vacaciones en la Provenza. Tenía 18 años, unos padres judío-alemanes que escaparon del exterminio nazi y un apartamento en la periferia de París.
Semejantes antecedentes sobrentienden que no había oído hablar del puente de Triana, ni del parón de Manolete ni del Tendido Siete de Las Ventas, aunque su caso y su militancia individual obedecen implícitamente a la evolución misma de la corrida.
"No es la fiesta nacional de España ni la sola referencia patrimonial de un país. Ir a los toros es una elección personal del aficionado, una pasión. Ha adquirido una dimensión universal gracias al atractivo de los valores que encierra. Universal no quiere decir que deba exportarse. Universal quiere decir que es posible reconocerse en sus coordenadas: la vida y la muerte. Lo bello y lo sublime. La ética y la estética. El sacrificio de uno mismo y el miedo a morir. La creación de la belleza", explica Francis Wolff.
La misma reflexión puede encontrarse entre las páginas de 'La filosofía de la corrida', asignatura pendiente de la biblioteca taurómaca y éxito inesperado del mercado francés. Cinco ediciones lleva vendidas el eminente catedrático parisino, aunque, paradójicamente, le había costado encontrar la complicidad de una editorial transpirenaica hasta que apareció Bellaterra. ¿Por qué?
"Los toros incomodan en España, no se consideran políticamente correctos. De hecho, los españoles tienen una relación problemática con la llamada fiesta nacional. Mi libro es una invitación a que los aficionados lleven la cabeza alta. Que abandonen la actitud pasiva, resignada, culpabilizada. La corrida no es del pasado, ni la España negra, ni el franquismo. La corrida no es el folclorismo racial y anacrónico como París tampoco es Pigalle. Hay una intelectualidad reacia que se atrinchera en el malentendido y el desconocimiento", añade sin alterarse el profesor francés.
¿Sus razones? "En el modelo de sociedad vigente, la muerte se ha convertido en algo vergonzoso. Por eso la negamos, la escondemos y nos decantamos por modelos asépticos. No existe el duelo. Predomina la apología de la juventud eterna. Aceptamos la muerte del animal y de nuestros congéneres siempre que no la veamos. Mucha gente no entiende ya la ceremonia de la muerte. De ahí proviene la distancia con la corrida. La corrida mezcla la fiesta de la vida con la tragedia de la muerte. Es un pasaje ceremonial hacia la muerte. En la corrida el toro muere y el torero puede morir. La vida no es un estado, es un acto, un acto contra la posibilidad misma de la muerte".
Semejantes reflexiones las introduce Francis Wolff en el contexto de la posmodernidad. "No hay Humanidad sin una parte de animalidad, sin un otro al quien medirse, como si el hombre sólo pudiera probar su humanidad a condición de saber vencer, en él y fuera de él, la animalidad en su forma más alta, más bella, más poderosa. Por ejemplo, la del toro salvaje: vencerla, es decir, repelerla o domarla, pero sobre todo oponer la fuerza de la astucia, la gratuidad del juego, la ligereza de la diversión, la gravedad de la entrega de sí mismo, la fuerza de la voluntad, el poder del arte, la conciencia de la muerte... En definitiva, todo lo que hace la humanidad del hombre", escribe a conciencia el tauro filósofo.
Parece haberse convertido Francia en un aval y en una garantía de la Fiesta. Hay un torero estrella, Sebastian Castella, un calendario de ferias imponente -Nimes, Bayona, Dax, Mont de Marsan- y una clandestinidad parisina que profundiza más allá del tópico y del estereotipo.
Empezando por Francis Wolff, entre cuyos argumentos de defensa también adquieren significado los valores ecológicos. "No sé si los toros son de derechas o de izquierdas. Sí son, objetivamente, un bien ecológico. No debe confundirse una vertiente del animalismo con el interés ecológico en sí mismo. La ecología es la defensa del ecosistema, de las especies, de la ganadería extensiva. Y esos tres principios se recogen privilegiadamente en el toro de lidia. ¿Qué sentido tendría forzar su desaparición?", se pregunta Francis Wolff.
La cuestión está relacionada con la relación mediatizada entre el hombre y el medio. "El mundo moderno ha perdido el verdadero contacto con la naturaleza en beneficio de una relación edulcorada. Vemos a los animales como criaturas de Disney. La relación con el toro no es de ternura, ni de compasión, sino de admiración, de respeto. Y eso cuesta entenderlo a ciertas mentalidades urbanas, alejadas del campo", concluye Wolff.
07 marzo 2008
la corrida y nuestros deberes hacia los animales, por francis wolff
Continúa :: Vía Toro, Torero y Afición

