Arrancamos la última huella de San Isidro con la corrida de Baltasar Ibán lidiada el domingo 31 de mayo. Fueron toros de fina estampa, como corresponde a su estirpe, serios pero sin exageraciones en su morfología. Tuvo la corrida noble condición y mucha fijeza, pero careció del punto de fiereza que se espera en esta ganadería.
El lote más complejo de la tarde cayó en manos de Serafín Marín. El catalán hizo un esfuerzo por muletear con gusto las insulsas arrancadas del primero, desfondado en el peto en un interminable puyazo. Tuvo que tirar de valor para conseguir imponerse al quinto, que tardaba en obedecer a los cites para después acostarse en los embroques. Logró robar muletazos limpios al final de la faena, pero el mal uso de la espada deslució la meritoria actuación.
Remataba terna Luis Bolívar. Como si estuviese bloqueada su mente no parecía encontrar soluciones para entenderse con los dos toros que aparentaron tener más vida. Tuvo los problemas habituales de la casta el primero y aunque quizá hubiese tenido tan poco fondo como los demás lidiados esa tarde nos quedamos sin saberlo porque el colombiano no acertó nunca a imponerse sobre Provechoso. El sexto fue un sobrero de Torrealta tan alto de cruz que era imposible verle humillar, aun así, se movió a su aire con cierto interés, pero Bolivar, que no parecía tener su mejor día, le despachó sin lucimiento.
Esa tarde rayaron a gran nivel los hombres de plata, cabe reseñar las brillantes bregas Curro Robles y Gustavo Adolfo García. Con los palos hubo aplausos para Raúl Ruiz y Raúl Adrada.
El lunes se lidió una corrida con el hierro de Partido de Resina irreconocible por sus espantosas hechuras. Nada se apreció de aquellos bellos animales del mítico Pablo Romero. Para disgusto general, el juego que ofrecieron los cárdenos fue lo más alejado que cabe esperar de un animal que se denomina bravo.
Se estrellaron los tres toreros contra la mansedumbre mas nunca volvieron la cara a la situación sacando un balance positivo en una tarde abocada al fracaso desde el mismo momento que convencieron al ganadero para lidiar una corrida que parece imposible que estuviera reseñada para esta plaza.
Eduardo Gallo demostró una firmeza inquebrantable en sus piernas para intentar encauzar en su templada muleta el genio de las agrías arrancadas de sus dos oponentes. Dibujó algún derechazo limpio a los viajes de huida que pegaba su primero y trató de convencer a segundo sin obligarle jamás. Correcta labor por parte del salmantino pero sin eco en los tendidos por las nulas prestaciones de sus enemigos.
Rafael Cerro tuvo que demostrar su capacidad técnica para librarse del peligroso animal que saltó en tercer lugar e intentó componer con gusto ante el último de la tarde. Se impuso Cerro a un lote amargo demostrando que conoce sobradamente el oficio. Las exquisitas maneras de intentar torear al sexto de la tarde deberían ser el reclamo suficiente para que vuelvan a contar con él.
El martes 2 de junio estaba anunciada la siempre esperada corrida de Cuadri. Fue una corrida de impecable trapío, sin la espectacularidad de otros años pero muy honda. Como es habitual dio un alto promedio en la báscula pero su volumen estuvo por encima de su raza. Sólo el temperamento del cuarto hizo las delicias del público.
Fernando Robleño tuvo una tarde impecable, trató de romper hacía delante al primero de su lote que parecía llevar el freno de mano puesto desde que comenzó la faena de muleta y dio la cara con firmeza ante el peligroso quinto que nunca quiso seguir las telas más que para buscar el menudo cuerpo de su matador.
Algo menos despejado estuvo Alberto Aguillar. Aunque tuvo más genio que clase, el tercero de la tarde perseguía la muleta con cierta alegría cuando se la dejaban puesta y le provocaban, Aguilar no tragó lo suficiente para hilvanar tres muletazos seguidos. No apostó el torero lo necesario para descubrir el fondo del animal. El sexto, que fue un mulo que topaba más que embestía, puso en apuros al matador que se le vio con poca frescura y falto de recursos. Tampoco con la espada estuvo acertado el torero madrileño.
Esa tarde se pudo disfrutar de dos bregas de mucho nivel a cargo de Raúl Cervantes y Rafael González.
En el centro de la habitual semana en la que predominan los hierros más duros se celebró la corrida de Beneficencia. El mano a mano entre El Juli y Miguel Ángel Perera había despertado la máxima expectación. La corrida de Victoriano de Río elegida para la ocasión se esperaba de mejor nota que la lidiada la semana anterior.
Debió de haber esmero en la elección de los toros porque se reconocían por los nombres las reatas más insignes de esta ganadería. Tuvo una apariencia desigual en conjunto la corrida, pero cabe valorar positivamente que fue una corrida seria y de mucho cuajo. La desgracia de la tarde fue que al encierro faltó mucha raza.
Después de este interesante primer capítulo, la tarde se metió en las arenas movedizas de la mansedumbre de los toros y la voluntad inútil de los toreros por hacerlos embestir.
El Juli trató de pulir las asperezas del tercero con un vibrante inicio de faena, consiguió apaciguar el genio de las arrancadas del toro, pero este apagó la luz de la bravura y esa bravuconería descarada del inició quedó en una insulsa nobleza que no llegaba a conectar con los tendidos. El último que tenía que matar El Juli fue más deslucido si cabe por lo que sus opciones de convencer a la plaza que más le obsesiona se esfumaban dejando su estatus al nivel que estaba antes de comenzar la feria.
Miguel Ángel Perera ha tenido la suerte de espaldas en los siete animales que ha lidiado durante la feria, no se le puede reprochar nada porque por encima de todo queda su actitud comprometida. Sus ilusiones por revalidar los triunfos del año pasado se han marchitado por la nula condición de sus oponentes. Se va de la feria sin una muesca en su categoría de figura porque nadie puede estar mejor ante similares circunstancias.
El jueves se agotaron de nuevo las localidades para ver una corrida de Adolfo Martín bastante por debajo de lo que se esperaba en presentación. A parte de la evidente desigualdad de los cuerpos y el escaso remate de los toros lo que más defraudó fue el pobre juego que ofrecieron los cárdenos. Únicamente el sexto tuvo un comportamiento cercano a lo que se demanda en esta ganadería.
La entrega de Manuel Escribano en una plaza de toros es incuestionable. Podrán ser discutidas otras razones pero el torero de Gerena se esfuerza al máximo por satisfacer a los espectadores. Recibió a porta gayola a sus toros, los capoteó con soltura y les puso banderillas con decisión, tarea nada fácil con dos toros de grandes complicaciones en los primeros tercios. Faenar con la muleta al primero de su lote fue un imposible. Sin embargo si fue capaz de meter en los vuelos de su mano izquierda la casta del sexto. Sin ponerlo fácil Baratero sí que escondía premio, era toro de apuesta porque iba a tener veinte arrancadas importantes por el pitón izquierdo. Por ese lado empezó Escribano la faena pero no acabó de parar los pies al toro en la primera tanda. Se cambió la muleta a la derecha para someter a Baratero con la muleta armada, que se obliga mejor. Ahí si pareció hacerse con el toro Escribano. Una vez impuesto el mando se volvió a colocar para torear con más determinación al natural. Ahora si trenzó el toreo templado, firmando las tandas más conjuntadas de la tarde. Tras una sincera estocada se premio con una oreja el esfuerzo de Escribano con un toro que acabó rompiendo a bueno pero que no permitía dudas porque las complicaciones de la casta estuvieron siempre presentes.
La corrida de Victorino tampoco satisfizo por su presentación. Mala corrida de toros, sin paliativos. Mala por descastada, por mansa, porque no tuvo raza y porque no tuvo ninguna virtud, ni siquiera humilló. La corrida fue un desconcierto absoluto en los primeros tercios. Los toros iban de un picador a otro sin orden alguno. Estuvieron atinados con la puya Francisco María y Tito Sandoval. Se paraban los toros en el segundo tercio poniendo en apuros a los banderilleros. Pirri sufrió una cornada en la axila al intentar banderillear al cuarto. Jamás tomaron un capote con franqueza las prendas de Victorino. Alcalareño hizo lo más vistoso entre los peones de brega.
Entre las extraordinarias complicaciones que tuvieron las arrancadas de los toros y las dudas que cantaban las inquietas piernas del torero aquello fue un desastre absoluto. Faltó fibra para expresar algo más con cansino primero, decisión para no entretenerse tanto con el correoso segundo, ánimo para estructurar una faena más concisa al soso que hizo tercero, frescura para no pasar apuros con el horrible cuarto, autoridad para machetear al endemoniado quito y actitud para terminar con decoro una historia consumada sin argumentos.
La primera parte de la corrida de Miura que cerraba la feria tuvo poco contar. El primero estaba inválido pero el presidente se negó a cambiarlo inexplicablemente. El segundo frenaba sus arrancadas a medio viaje queriendo coger a Castaño, que se lo quitó de encima con honradez. El tercero se rompió demasiado en el peto lo que le condicionó en el resto de su lidia.
Recibió Rafaelillo con una larga cambiada a Injuriado, luego intentó poner orden con la capa sobre el díscolo comportamiento del animal. Le atemperó perfectamente Juan José Esquivel con dos puyazos precisos. Bregó correctamente José Mora en el segundo tercio, donde se pudo ver que el toro tenía una condición más boyante que los tres anteriores. Sin pensarlo se puso de rodillas Rafaelillo para comenzar la faena, fue inicio vistoso a la vez que útil para dominar al toro por abajo. El torero creyó como nadie en la voluntad de Injuriado. Levantado le dio distancia para enganchar por delante, era necesario traer tapado el distraído inicio de las embestidas. Con temple de seda ligó dos tandas por el pitón derecho de apurado encaje, el cambio de mano que abrochó la segunda fue de romperse el torero por dentro. No cabía el abandono porque el animal traía sus complicaciones, pero se la puso con un sentimiento el murciano para torear al natural que la plaza entera crujió en el remate de la primera tanda. Inspirado el torero siguió por ese lado para dejar otra media docena de naturales que parecían increíbles por lo sentidos que se fraguaban. Volvió a la mano derecha cuando en el ambiente se empezaba a valorar la posibilidad de sacar al torero por la puerta grande. Con otra redonda tanda de mecidos derechazos pareció poner de acuerdo a la mayoría, que tuvo que compartir lágrimas con el matador al verle fallar con los aceros. Conquistó Rafaelillo el corazón del público de Madrid con un toreo tremendamente sobrio pero aderezado con temple de porcelana.
Castaño solo pudo porfiar con voluntad ante el peligroso quinto que hirió en banderillas a Marco Galán y Serafín Marín estuvo sin ideas ante la movilidad del sexto. Saludaron una ovación Ángel Otero y Fernando Sánchez por su destreza con los rehiletes. Volvió a estar a gran nivel magnífico subalterno Curro Robles.
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